La minería ha marcado un estándar en la gestión del personal, en entornos de alta complejidad.
Esto en la gestión de personas, con prácticas que hoy sirven de referencia para industrias tan diversas como la energía, la construcción o la logística.
Una de las principales lecciones que la minería ha entregado a otros sectores es la organización eficiente de turnos especiales.
Mientras la mayoría de las industrias tradicionalmente operaba en jornadas estándar. La minería instauró esquemas de trabajo que permiten mantener operaciones las 24 horas. Esto sin sacrificar el bienestar físico y mental de los trabajadores.
Otro aspecto relevante es la gestión de riesgos.
En la minería, la protección de la vida y la salud no es una aspiración simbólica. Se trata de un mandato respaldado por protocolos exhaustivos y tecnología de punta.
La estandarización de procedimientos, los sistemas de reporte obligatorio y las auditorías permanentes han inspirado a otras industrias. Principalmente a replantear su relación con la seguridad.
Allí donde antes se confiaba en la experiencia individual, hoy se prioriza la planificación meticulosa y la capacitación constante.
El compromiso con el bienestar laboral ha sido también un eje diferenciador. Los procesos de inducción, herederos de onboarding minero, garantizan que cada trabajador conozca los riesgos y responsabilidades desde el primer día.
Este enfoque ha demostrado ser eficaz en reducir accidentes. Además de fortalecer la cultura preventiva en empresas de sectores menos regulados históricamente.
La exigencia de mantener protocolos estrictos ha elevado el estándar de desempeño. Además fomenta una visión más humana de la productividad.
La minería cuenta con recursos económicos que difícilmente se encuentran en empresas medianas o pequeñas.
Implementar protocolos de similar rigurosidad requiere inversión en formación. Además de tecnología y control que no siempre está al alcance.
Por eso, una de las tareas pendientes es democratizar estas prácticas. Esto, adaptando los sistemas de gestión a contextos más modestos sin perder su esencia.
En este esfuerzo, el rol del Estado resulta clave. Tanto para facilitar la certificación de competencias como para fomentar políticas públicas que incentiven la adopción de estándares más exigentes.
A la vez, las empresas deben comprometerse a optimizar recursos y buscar soluciones flexibles que garanticen la seguridad y la calidad de vida de sus trabajadores.
Gerente General de MG Certifica
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