El reciente seguimiento satelital de Tuta, una ballena jorobada (Megaptera novaeangliae) marcada en aguas del norte del Perú, volvió a sorprender.
En poco menos de tres meses, este ejemplar recorrió más de 6.800 kilómetros desde Perú hasta la Península Antártica. Confirmando la magnitud de las rutas migratorias que recorren las grandes ballenas del Pacífico suroriental.
Se trata de un hito muy relevante. Ya que se trata del primer registro del recorrido de un individuo de ballena jorobada marcado desde Perú hasta llegar a la Antártica. Lo que entrega información nueva y valiosa respecto a desplazamientos y conectividad.
Más allá de la historia individual de Tuta, su viaje es una prueba concreta de algo que la ciencia y la conservación vienen advirtiendo hace años. Las ballenas no reconocen fronteras, por lo que los esfuerzos por protegerlas, tampoco.
Sus desplazamientos conectan ecosistemas clave desde las zonas de reproducción en aguas tropicales hasta las áreas de alimentación en el Océano Austral. Formando verdaderas autopistas biológicas que sostienen la salud del mar.
En este contexto, el trabajo que impulsa WWF cobra especial relevancia. Desde hace varios años, la organización desarrolla a nivel regional la iniciativa del Corredor Azul del Pacífico Oriental.
Una estrategia de conservación liderada desde Chile. Que busca proteger las rutas migratorias de especies altamente móviles como la ballena jorobada, la ballena azul, la ballena fin y la ballena sei.
Esta iniciativa transformacional busca consolidar el corredor como una Solución basada en la Naturaleza (SbN). Integrando conservación marina, acción climática y cooperación regional.
Desde esta mirada, el Corredor Azul no solo protege biodiversidad. Sino que reconoce a las ballenas como aliadas naturales frente al cambio climático. Al favorecer el crecimiento del fitoplancton mediante el reciclaje de nutrientes —conocido como la “bomba de ballenas”—. Estos gigantes marinos contribuyen a la captura de carbono y a la regulación del clima global.
La travesía de Tuta, registrada gracias al trabajo coordinado entre WWF Perú. Instituciones científicas y socios regionales —incluyendo organizaciones chilenas—. Refuerza la necesidad de pensar la conservación marina como un esfuerzo colaborativo entre países.
Su ruta confirma que proteger a las ballenas en un solo punto del mapa no es suficiente. Si sus corredores migratorios siguen expuestos a múltiples amenazas a lo largo de miles de kilómetros.
Tuta llegó a la Península Antártica tras 89 días de migración continua y más de 6.800 kilómetros recorridos. Alcanzando su principal zona de alimentación, uno de los ecosistemas más productivos del planeta. Sustentado por el krill antártico.
Fue la última de tres ballenas en ser marcada y antes de viajar al sur. Permaneció varias semanas en la bahía de Sechura, en Piura. Y luego siguió por el litoral peruano y chileno hasta aguas antárticas. Actualmente, su desplazamiento más lento indica búsqueda activa de alimento y el fin del viaje migratorio.
“Durante los próximos meses, se estima que permanezca en aguas polares. Hasta que el ciclo migratorio la lleve nuevamente hacia las aguas cálidas del norte del Perú. Principales áreas de reproducción de la especie”. Explica Gilary Morales, especialista de Mecanismos para la Conservación Marino Costera de WWF Perú.
Así, Tuta se convierte en un símbolo vivo del Corredor Azul. Una historia que une a Perú, Chile, la Antártica y al resto del Pacífico Oriental en una causa común. Proteger estas rutas es proteger la biodiversidad, el clima y el futuro de los océanos.
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