¿Cómo formar trabajadores empáticos? La clave está en la infancia

Por: Mónica Lepín, educadora de párvulos, autora y editora de Caligrafix, reconocida editorial chilena especializada en recursos educativos.
Vivimos en una sociedad cada vez más rápida. Donde muchas veces cuesta detenerse, escuchar y ponerse en el lugar del otro.
La empatía parece ir perdiendo espacio. Y con ello, también se tensionan las relaciones humanas. Tanto en lo personal como en lo laboral.
Por eso, hoy más que nunca, se hace necesario volver a mirar con atención las habilidades socioemocionales.
Porque la empatía, el respeto y la autonomía no aparecen de un día para otro. Se comienzan a construir desde los primeros años de vida.
Es en la infancia donde los niños empiezan a reconocer lo que sienten. A relacionarse con otros y a descubrir que no todos piensan ni sienten igual.
En gestos simples, como esperar un turno, compartir o expresar una emoción. En ellos, se están formando habilidades profundamente humanas.
Son esas mismas habilidades las que, en el futuro, permitirán a las personas desenvolverse en distintos espacios. Incluidos los laborales, desde el respeto, la colaboración y la capacidad de comprender a otros.
El desarrollo socioemocional no se enseña sólo con palabras, se construye a partir del ejemplo. Y ahí, tanto docentes como familias tenemos un rol fundamental.
En la educación parvularia, estas habilidades se trabajan todos los días. De manera intencionada, a través del juego, la convivencia y las experiencias compartidas. No es algo secundario, es parte esencial del aprendizaje.
Pero este proceso necesita coherencia. Los niños observan constantemente a los adultos.
Aprenden de cómo reaccionamos, de cómo hablamos y de cómo tratamos a otros. Si queremos formar niños empáticos, necesitamos adultos que también lo sean. La familia, como primer espacio de aprendizaje, y la escuela, como espacio de socialización, deben avanzar juntas en esta tarea. Cuando ambos contextos se alinean, el impacto es mucho más profundo.
Herramientas para la vida
A veces se piensa que la comprensión lectora y la escritura son solo habilidades escolares. En realidad son herramientas para la vida. Comprender lo que leemos no es sólo entender palabras, es interpretar, reflexionar y muchas veces ponerse en el lugar de otros. Y en ese proceso también se construye empatía.
La escritura, por su parte, permite ordenar ideas. También expresar pensamientos y dar forma a lo que sentimos. Cuando un niño escribe, no solo produce texto, también aprende a pensar.
A esto se suma la importancia de la comprensión oral. Muchas veces pasa desapercibida, pero es fundamental.
Saber escuchar, interpretar lo que otro nos quiere comunicar y comprender distintas intenciones en un mensaje es clave en cualquier contexto. Esto, especialmente en el mundo laboral.
Hoy, en entornos donde se valora la comunicación efectiva, el trabajo en equipo y la capacidad de comprender distintos puntos de vista, estas habilidades son esenciales.
No sólo estamos formando estudiantes. Estamos formando personas capaces de relacionarse mejor con otros.
La educación temprana es el punto de partida de todo.
Es ahí donde se construyen las bases más profundas del desarrollo. No solo en lo cognitivo, sino también en lo emocional y social. En la educación parvularia se trabaja constantemente la empatía, el respeto y la convivencia.
Se acompaña a los niños a reconocer lo que sienten. A relacionarse con otros y a resolver situaciones cotidianas. Es un trabajo silencioso, pero profundamente significativo.
Además, las Bases Curriculares de la Educación Parvularia consideran dentro de sus Objetivos de Aprendizaje el desarrollo de estas habilidades socioemocionales, por lo que no son algo secundario, sino que se abordan de manera intencionada y transversal en todo momento. Están presentes en las planificaciones, en las experiencias de aprendizaje y en cada interacción diaria.
Las educadoras de párvulos somos plenamente conscientes de la importancia de este proceso, y por eso no sólo trabajamos con los niños, sino también con sus familias, generando un acompañamiento que permita fortalecer estas habilidades en ambos contextos.
El entorno familiar, por su parte, tiene un impacto enorme. Un niño que se siente escuchado, validado y acompañado desarrolla mayor seguridad y mejores herramientas para enfrentar el mundo.
Hoy el desafío es mayor, porque muchas veces estamos más conectados a las pantallas que a las personas. Por eso se vuelve tan necesario volver a lo esencial: a la conversación, al vínculo, al ejemplo.
Porque, finalmente, más allá de los conocimientos que un niño pueda adquirir, lo que marcará la diferencia en su vida será su capacidad de relacionarse con otros.
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