La reciente cifra que sitúa la tasa de desocupación femenina en Chile en un 10,5% (Instituto Nacional de Estadísticas).
Detrás de ese porcentaje hay madres, profesionales y emprendedoras. Son trabajadoras que enfrentan barreras estructurales. Esto, para acceder y mantenerse en el mercado laboral.
Aunque Chile ha avanzado significativamente en materia de participación femenina. Principalmente, durante las últimas décadas, la brecha de género en el empleo sigue siendo una deuda pendiente.
Las mujeres han alcanzado mayores niveles educativos. Además han incrementado su presencia en sectores históricamente masculinizados. Pero aún enfrentan obstáculos que limitan sus oportunidades de desarrollo profesional y económico.
Según diversos estudios nacionales e internacionales, las mujeres continúan asumiendo la mayor parte del trabajo doméstico. También del cuidado de niños y adultos mayores. Además de personas dependientes. Esta carga invisible reduce el tiempo disponible para trabajar, capacitarse o acceder a empleos de mayor calidad.
La transformación tecnológica y la automatización también plantean desafíos adicionales.
Los cambios laborales impulsados por la inteligencia artificial. Son, un ejemplo de cómo están modificando la demanda de habilidades. Esto, en prácticamente todos los sectores económicos. Sin embargo, muchas mujeres aún enfrentan barreras de acceso a la formación digital y tecnológica. Esto, precisamente en áreas donde se proyecta un mayor crecimiento del empleo durante los próximos años.
El desafío es particularmente relevante. Esto, si consideramos que las profesiones vinculadas a ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas continúan registrando una menor participación femenina.
Ya que no solo es una cuestión de equidad, sino que también de competitividad para el país. Chile no puede permitirse desaprovechar el talento de más de la mitad de su población.
Esta situación se vuelve aún más compleja cuando se observa la calidad del empleo. Muchas mujeres se desempeñan en trabajos informales o con menor estabilidad laboral, lo que las hace más vulnerables frente a períodos de desaceleración económica o transformaciones productivas. La recuperación del empleo debe ir acompañada de mejores condiciones laborales, flexibilidad y oportunidades de capacitación continua.
Frente a este escenario, las políticas públicas y el sector privado tienen un rol fundamental. Es necesario fortalecer sistemas de cuidado, ampliar el acceso a capacitación tecnológica, promover el liderazgo femenino y generar entornos laborales que permitan compatibilizar trabajo y vida familiar. Asimismo, las empresas que fomentan la diversidad no solo contribuyen a la equidad social, sino que también mejoran su innovación y desempeño.
La cifra de 10,5% debe ser interpretada como una señal de alerta. Más allá de los indicadores económicos, el empleo femenino es un motor del crecimiento, productividad y bienestar social. Un país que brinda más oportunidades a las mujeres construye una economía más resiliente, inclusiva y preparada para enfrentar los desafíos del futuro.
Reducir la desocupación femenina no es únicamente una tarea del Estado o de las empresas, es un compromiso colectivo. Porque cuando una mujer accede a un empleo digno y de calidad, no solo mejora su situación personal, sino que también se fortalece su familia, su comunidad y el desarrollo del país.
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