El auge de las películas filmadas para IMAX y la llegada de esta tecnología al Gran Concepción explican el renovado interés por una experiencia que busca llevar al espectador “dentro” de la historia.
El estreno de La Odisea, la nueva película de Christopher Nolan, volvió a poner a IMAX en el centro de la conversación cinematográfica.
Este interés generado por este formato no solo impulsó una alta demanda por las funciones disponibles en Chile. Sino que también despertó la curiosidad sobre una tecnología que promete una experiencia audiovisual más inmersiva. Y que, próximamente, llegará por primera vez al Gran Concepción con la apertura de nuevas salas.
Más que una pantalla de gran tamaño se trata de un sistema que combina cámaras especiales. Proyección de alta resolución, sonido envolvente y una arquitectura diseñada para aumentar la sensación de inmersión.
Las películas filmadas con cámaras IMAX muestran entre un 26% y un 40% más de imagen que una proyección convencional. Eliminando las tradicionales barras negras y ampliando el campo visual del espectador.
Además, recalca que “este formato responde a una búsqueda de mayor realismo visual por parte de algunos realizadores. Quienes encuentran en IMAX una herramienta para acercar la imagen cinematográfica a la percepción del ojo humano y potenciar el impacto de determinadas escenas”.
Sin embargo, el interés por este formato va más allá de lo técnico. En un contexto donde el streaming domina gran parte del consumo audiovisual. El resurgimiento de IMAX también evidencia la necesidad de recuperar la experiencia colectiva de asistir al cine.
“Es posible que estas decisiones tengan su origen en el deseo de mantener espacios de ritual como lo son las salas de cine. Con el auge del streaming es cada vez más necesario defender estos espacios culturales y la idea de que el cine debe ser distribuido en las salas correspondientes”. Plantea la académica.
Aunque el formato vive un momento de alta popularidad, Benavente advierte que todavía es prematuro afirmar que IMAX esté cambiando la forma en que las personas consumen o valoran el cine. “Hasta ahora, el acceso en Chile ha sido limitado, situación que también refleja una brecha presente en gran parte de Latinoamérica. Donde este tipo de infraestructura sigue siendo escasa”.
Más allá de la tecnología, afirma que la esencia de una película sigue estando en su lenguaje. En la mirada de quien la dirige y en las emociones que es capaz de provocar.
“El verdadero valor del cine no reside en la escala de la pantalla ni en la infraestructura que lo distribuye. Sino en el punto de vista, el lenguaje narrativo y lo que el director busca hacer sentir y reflexionar. Lo importante es mantener el rito de ir al cine, conectar con ese espacio, valorar la oscuridad. El silencio y salir de la sala con una nueva reflexión”, concluye.
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