Por Carolina Araya Directora Carrera de Derecho Universidad de Las Américas, Sede Concepción.
Es una celebración que nos invita a valorar una etapa esencial de la vida. Sin embargo, esta fecha también debiera impulsarnos a una reflexión más profunda. ¿Estamos garantizando realmente los derechos de niños, niñas y adolescentes o solo los recordamos cuando el calendario nos llama a festejarlos?
Durante décadas, la infancia fue entendida desde una mirada predominantemente asistencial. Donde los adultos decidían por los niños bajo la lógica de la protección. Hoy, la normativa ha evolucionado hacia un paradigma distinto.
La Convención sobre los Derechos del Niño, ratificada por Chile en 1990. Reconoce a niños, niñas y adolescentes como personas titulares de derechos. Capaces de participar en las decisiones que les afectan y de desarrollarse plenamente en condiciones de dignidad e igualdad.
Este compromiso fue fortalecido con la Ley N.º 21.430, sobre Garantías y Protección Integral de los Derechos de la Niñez y Adolescencia. Que establece un sistema destinado a asegurar el ejercicio efectivo de estos.
En concordancia con el artículo 3 de la Convención, el artículo 7 de esta ley consagra el principio del interés superior del niño. Exigiendo que toda decisión que les afecte tenga como consideración primordial aquello que resulte más favorable para su bienestar y desarrollo integral.
Asimismo, el artículo 12 de la Convención y el artículo 28 de la Ley N.º 21.430 reconocen la facultad de niñas, niños y adolescentes. De ser oídos y de que sus opiniones sean debidamente consideradas conforme a su edad y grado de madurez.
No obstante, el desafío actual no radica únicamente en contar con un marco normativo moderno.
La violencia, acoso escolar, vulneraciones en entornos digitales, brechas en salud mental y situaciones de negligencia o abandono. Evidencian que todavía existe una importante distancia entre los derechos reconocidos por la ley y aquellos que efectivamente se viven en la realidad.
En el contexto de esta conmemoración. La mejor celebración no es necesariamente el regalo más esperado ni la fiesta más grande. Sino la convicción de que los derechos de niños, niñas y adolescentes deben ser siempre respetados.
Porque la grandeza de una sociedad no se mide por cómo celebra a su infancia en una fecha determinada. Sino por la forma en que la escucha, protege y le permite crecer con dignidad todos los días del año.
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