IA y trabajo: Una revolución más humana de lo que creemos

0
36

IA y trabajo: Una revolución más humana de lo que creemos

Por Rosario Ganderats, socia de InterimToGo.

Cada vez que hablamos de inteligencia artificial, la conversación suele girar en torno a qué empleos desaparecerán.

Sin embargo, creo que estamos enfocando el debate en el lugar equivocado.

La pregunta no es cuántos puestos de trabajo reemplazará la IA. Sino cómo prepararemos a las personas y a las organizaciones para convivir con una tecnología. Esto, ya que está redefiniendo la forma en que trabajamos y lideramos. Además cómo tomamos decisiones.

No estamos frente a una revolución exclusivamente tecnológica, sino humana.

La inteligencia artificial puede automatizar procesos y analizar grandes volúmenes de información. E incluso generar contenido en segundos. Pero seguirán existiendo espacios que difícilmente podrá reemplazar.

Como por ejemplo el criterio para enfrentar escenarios complejos. O bien la creatividad para innovar. También la empatía para conducir equipos y el liderazgo necesario para movilizar a las personas. Esto, en momentos de incertidumbre.

La historia demuestra que esta no es la primera vez que una innovación genera incertidumbre sobre el futuro del trabajo.

Durante la Revolución Industrial surgió el temor de que las máquinas reemplazaran definitivamente a las personas.  Mientras que la llegada de internet hizo pensar que industrias completas, como los medios de comunicación tradicionales, desaparecerían.

Si bien ambas transformaciones modificaron profundamente la forma de producir y trabajar También de informarse, a la vez dieron origen a nuevas profesiones e innovadores modelos de negocio y oportunidades que antes eran impensadas.

La diferencia es que hoy el ritmo del cambio es mucho más acelerado. Lo que exige una capacidad de adaptación igualmente mayor.

Por eso, hablar del futuro del trabajo exige dejar atrás la falsa dicotomía entre personas y tecnología.

Más bien, tenemos que centrarnos en cómo será construir organizaciones donde ambos se potencien mutuamente. Esto implica aceptar que muchas funciones cambiarán. Que prácticamente todos los profesionales deberán incorporar nuevas competencias. Además de fortalecer habilidades que, paradójicamente, son cada vez más humanas.

Por otra parte, esta transformación también está modificando el rol de quienes lideran.

Los equipos del futuro serán híbridos. Integrados por personas que trabajarán apoyadas permanentemente por sistemas inteligentes. Además administrar esa convivencia exigirá nuevas capacidades. Nos lleverán a entender cuándo confiar en un algoritmo. O bien, cuándo cuestionarlo y cuándo el juicio humano debe prevalecer. Esto, por sobre cualquier recomendación tecnológica.

En nuestra experiencia acompañando procesos de transformación organizacional, vemos que uno de los mayores desafíos no es incorporar tecnología. Sino gestionar el cambio.

Muchas empresas saben que deben avanzar en digitalización, pero no cuentan con la experiencia necesaria para liderar esos procesos con la velocidad que exige el mercado, es en este punto donde el Management Interino se convierte en una herramienta estratégica al incorporar ejecutivos de manera temporal, que cuentan con experiencia específica en transformación digital y cambios organizacionales,  que permiten acelerar proyectos, transferir capacidades a los equipos internos y conducir cambios complejos; todo esto sin necesidad de modificar permanentemente la estructura de la organización.

Pero mientras avanzamos en adopción tecnológica y enfrentamos las nuevas formas de trabajo. También debemos asumir una conversación que resulta igual de urgente, la ética.

La inteligencia artificial plantea interrogantes profundas respecto de la transparencia de los algoritmos, los sesgos que pueden afectar procesos, la privacidad de los datos, la responsabilidad frente a decisiones automatizadas y la necesidad de mantener supervisión humana sobre aquellas decisiones que impactan directamente la vida de las personas.

A ello se suma el debate sobre el llamado “tecnofeudalismo”; donde la creciente concentración del desarrollo tecnológico y de los datos en un reducido número de grandes compañías plantea preguntas legítimas sobre competencia, autonomía, innovación y soberanía.

En esa misma línea, diversas reflexiones contemporáneas sobre el desarrollo tecnológico han insistido en un principio que no deberíamos perder de vista, la innovación nunca puede desligarse de la responsabilidad humana.

Documentos como la encíclica Magnifica Humanitas -escrita por el Papa León XIV- plantean que la inteligencia artificial no es moralmente neutral y que, precisamente por ello, requiere no sólo principios éticos, sino también marcos regulatorios capaces de proteger la dignidad humana y garantizar que el progreso tecnológico esté siempre al servicio de las personas.

Chile ya está dando pasos importantes en esa dirección con la nueva Ley de Protección de Datos Personales, cuya entrada en vigencia marcará un cambio profundo en la forma en que las organizaciones recopilan, administran y utilizan la información. En un mundo donde la inteligencia artificial aprende a partir de datos, proteger esa información deja de ser únicamente un requisito legal para convertirse en un elemento central de confianza, reputación y sostenibilidad empresarial.

Es necesario entender que la tecnología seguirá avanzando a una velocidad inédita; nuestro desafío será asegurar que el liderazgo, la ética y el talento humano avancen al mismo ritmo. Porque, al final del día, la inteligencia artificial podrá transformar la forma en que trabajamos, pero serán las personas quienes seguirán definiendo el rumbo.