Por Julio Farías, cofundador de Zerviz.
El reciente incidente revelado por OpenAI, donde un modelo de inteligencia artificial encontró la forma de salir de un entorno de pruebas. Para obtener información desde una plataforma externa. Volvió a instalar uno de los grandes temores sobre esta tecnología.
La verdadera pregunta es otra. ¿Estamos preparados para gobernar sistemas que ya no solo generan respuestas, sino que también ejecutan acciones?
Durante los últimos años la IA fue incorporándose como una herramienta de apoyo para redactar documentos. Analizar información o asistir la toma de decisiones. Hoy el escenario cambió.
Los nuevos agentes inteligentes pueden acceder a correos electrónicos, consultar bases de datos. Interactuar con distintas aplicaciones y ejecutar procesos con un nivel de autonomía cada vez mayor.
Su potencial para aumentar la productividad es enorme. Pero también lo es el riesgo cuando estos sistemas reciben acceso a información crítica o procesos de negocio sin controles adecuados.
En tecnología existe un principio básico. Ningún usuario debe tener más permisos de los estrictamente necesarios para realizar su trabajo.
Ese mismo criterio debe comenzar a aplicarse a la inteligencia artificial. No basta con definir qué queremos que haga un agente inteligente. También debemos establecer a qué información podrá acceder. Qué acciones podrá ejecutar y cuáles requerirán siempre validación humana.
Este tema cobra aún más relevancia considerando que muchas organizaciones ya están integrando inteligencia artificial. Con ERP, CRM, plataformas de atención, sistemas financieros y herramientas colaborativas.
Mientras más conectados estén estos ecosistemas. Mayor será el impacto de una configuración inadecuada de permisos o de una supervisión insuficiente.
No es casualidad que empresas como Nvidia, Adobe, Dell Technologies, CrowdStrike y Hugging Face. Hayan impulsado una alianza para desarrollar mecanismos de supervisión para agentes autónomos.
La industria comprendió que el desafío ya no consiste únicamente en construir modelos más capaces. Sino también en asegurar que operen dentro de límites claramente definidos.
La inteligencia artificial dejará de ser un asistente para convertirse en un nuevo integrante de los equipos de trabajo. Y como ocurre con cualquier colaborador, no basta con asignarle objetivos. También es indispensable establecer reglas, responsabilidades y mecanismos de control.
Las empresas que entiendan esa diferencia no solo reducirán riesgos, sino que estarán mejor preparadas para competir en la siguiente etapa de la transformación digital.
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