La logística no empieza cuando el barco llega a Chile
Por Matías Bearwald, CEO de Greenwish Cargo
Hay algo que todavía cuesta entender cuando hablamos de importaciones: la logística no empieza cuando el barco llega a Chile. Empieza mucho antes.
Durante agosto, los buques que esperaban ingresar a Shanghái llegaron a registrar tiempos promedio cercanos a los cinco días. En Ningbo, la espera se acercó a los tres. Puede parecer un problema lejano, especialmente para una empresa que está en Santiago, Valparaíso o Concepción esperando que llegue su carga. Pero no lo es.
Un barco que espera cinco días es una carga que probablemente ya no llegará cuando estaba previsto. Y a partir de ahí empieza una cadena de pequeñas decisiones: se pierde una conexión, se modifica un itinerario, se reprograma un contenedor, cambia una fecha de entrega.
El problema es que muchas veces vemos solo el último eslabón.
Nos preocupa cuándo llegará el contenedor a Chile, pero no necesariamente qué pasó con ese contenedor durante los días anteriores. Y esa diferencia importa cada vez más.
Chile tiene una relación comercial muy estrecha con China. Shanghái, además, concentra cerca de la mitad de los envíos de Chile hacia ese país y es una de las principales puertas de entrada y salida para productos como cobre, cerezas, celulosa y salmones. Cuando un puerto de esa magnitud se congestiona, el efecto no queda encerrado dentro del puerto.
Se mueve por toda la cadena. Para un importador, esto puede traducirse en algo tan simple —y tan complejo— como dejar de confiar en una fecha estimada de llegada. Y eso cambia las decisiones.
Si la carga corresponde a un producto de alta rotación, a un insumo necesario para mantener una operación funcionando o a una mercancía que debe estar disponible en una determinada temporada, unos días pueden ser mucho más que unos días. Pueden significar ventas que no se concretan, producción que se posterga o costos que alguien tendrá que absorber.
Por eso creo que todavía tenemos una conversación pendiente sobre logística.
Muchas empresas siguen mirando el transporte como una operación que ocurre después de que se tomó la decisión de comprar o vender. Como si fuera una etapa que simplemente hay que ejecutar. Hoy ya no funciona así.
Una empresa no necesita saber solamente dónde está su contenedor. Necesita saber qué está pasando con el puerto, con el buque y con la ruta completa. Porque esa información permite anticiparse. Y anticiparse, en logística, muchas veces significa poder elegir entre varias alternativas antes de que el problema sea inevitable.
Esto se vuelve todavía más evidente con el comercio electrónico. El consumidor se acostumbró a la velocidad. Quiere comprar hoy y recibir pronto. Es una expectativa completamente entendible. El problema es que esa velocidad que vemos en la última milla no necesariamente existe en las etapas anteriores.
Podemos tener una distribución local muy eficiente. Una bodega bien ubicada. Una empresa de última milla que funciona perfectamente. Pero si el producto lleva una semana esperando antes de embarcarse desde Asia, esa velocidad desaparece.
Ahí es donde creo que las empresas tienen que hacerse algunas preguntas incómodas. ¿Qué productos realmente puedo ofrecer con despacho rápido? ¿Cuánto inventario necesito mantener para cumplir esa promesa? ¿Qué pasa si el proveedor se retrasa? ¿Cuánto me cuesta tener stock disponible? Y, sobre todo, ¿cuánto estoy prometiendo al cliente que depende de cosas que no controlo?
No se trata de dejar de ofrecer rapidez. Al contrario. Se trata de entender qué hay detrás de ella. Porque una promesa de despacho no es solamente una decisión comercial. También es una decisión logística.
Y una decisión logística termina siendo una decisión financiera.
Una demora que comienza en Shanghái puede terminar varios días después en una bodega chilena. Después puede aparecer en el margen de una empresa y, dependiendo del producto y del mercado, incluso llegar al precio que paga el consumidor.
Por eso la logística dejó de ser solamente mover una carga de un punto a otro. Hoy también significa leer lo que está pasando antes de que ocurra el problema, entender cómo una interrupción puede afectar el negocio y tener alternativas cuando la planificación original deja de funcionar. En un comercio internacional cada vez más conectado, quizás la pregunta ya no debería ser solamente ¿cuándo llega mi carga?, sino “¿qué está pasando con mi carga y qué puedo hacer antes de que sea demasiado tarde?.





