Educación

La pregunta que la máquina no puede hacerse

La pregunta que la máquina no puede hacerse

Por Juan Pablo Vargas Norambuena, director Departamento de Ingeniería en Minas de la Universidad de Santiago (USACH)

Durante siglos, los ingenieros y las ingenieras se han medido contra desafíos impuestos por la naturaleza. El desafío fue siempre externo, físico, medible. Hoy, en cambio, nos encontramos frente a algo que nosotros mismos construimos. Y que, de alguna u otra forma, nos supera en velocidad, volumen y capacidad de respuesta.

Esto es la inteligencia artificial (IA).

En minería resulta impensable operar sin procesos de automatización, herramientas de monitoreo y análisis de datos en tiempo real, equipos de operación remota o maquinaria con distintos niveles de autonomía. A esto se suma la incorporación de tecnologías de vanguardia que tienen a la IA como uno de sus principales motores, permitiendo optimizar procesos, mejorar la seguridad de las personas y aumentar la productividad, entre otras cosas.

Sin embargo, siendo la IA algo tan poderoso. Aún permanece en silencio frente a una cuestión que resulta fundamental. El futuro y su propia evolución.

La historia del progreso no la escribieron quienes resolvieron mejor los problemas dados. Sino quienes se detuvieron antes y formularon las preguntas correctas. ¿Por qué aquí? ¿Para quién? ¿A qué costo? ¿Qué clase de mundo queremos que esto construya? Esas preguntas no tienen respuesta técnica. Tienen respuesta humana, y eso es algo completamente distinto.

Cuestión de Humanidades

La coyuntura nos pone ante una discusión que llevaba décadas dormida: ¿qué lugar ocupan las humanidades en la formación de los profesionales de minería, ciencia y tecnología? Durante mucho tiempo, la respuesta implícita pareció ser “ninguno relevante”. Se recortaron horas de filosofía, se redujo la historia a fechas, se trató la ética como un trámite. Lo urgente desplazó a lo importante, como suele ocurrir. Sin embargo, hoy los grandes laboratorios de IA están contratando filósofos a un ritmo que supera la oferta disponible en el mercado. The Economist, The New York Times y The Atlantic publicaron en el último tiempo artículos sobre este mismo fenómeno. La filosofía aplicada se volvió un activo estratégico, no un lujo académico.

De hecho, según cifras del Banco de la Reserva Federal de Nueva York citadas por The New York Times, la tasa de desempleo de quienes egresaron con un título de pregrado en filosofía en 2024 fue de 5,1%, inferior al 7% registrado entre los egresados de ciencias de la computación.

Algo parecido ya ocurrió antes, aunque en sentido inverso.

En el Renacimiento, Leonardo da Vinci era un hombre universal que pensaba el mundo como una totalidad, más allá del artista y de sus conocimientos de ingeniería. Esa forma de mirar —amplia, inquisitiva, con una conciencia profunda de lo que significa ser humano— es exactamente lo que hoy, cinco siglos después, las empresas tecnológicas más avanzadas del planeta están buscando en sus equipos.

Este planteamiento va más allá de la nostalgia; es pragmatismo. Un sistema de IA puede optimizar rutas, redactar documentos, diagnosticar enfermedades con una precisión impresionante. Pero no puede decirte si ese diagnóstico debe comunicarse de cierta manera para no destruir la esperanza de alguien. No puede sopesar qué intereses se benefician de un determinado diseño urbano. No puede preguntarse si la eficiencia es siempre el valor más importante. Para eso se necesita algo que ningún modelo aprende solo: empatía, criterio, la capacidad de situarse en el lugar del otro.

La discusión sobre cómo formar a los ingenieros y las ingenieras del futuro no es, entonces, una discusión curricular. Es una discusión sobre qué tipo de personas queremos que tomen las decisiones que moldearán la sociedad. La técnica sin conciencia es poderosa y ciega al mismo tiempo. Y una herramienta poderosa y ciega, en las manos equivocadas o simplemente en las manos descuidadas, puede hacer un daño enorme sin que nadie haya tenido intención de hacerlo.

Quizás la pregunta no es si las humanidades deben volver a la formación en ingeniería. Quizás nunca debieron irse.

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