Durante años, la ciberseguridad corporativa se construyó sobre una pregunta simple. ¿La credencial es válida?
Si el usuario y la clave coincidían, y en el mejor de los casos el segundo factor también, la puerta se abría.
La pregunta relevante hoy es otra, bastante más incómoda: ¿la persona es realmente quien dice ser?
El cambio no es teórico. Recientemente, once países, entre ellos Estados Unidos, Japón, Alemania y Francia, emitieron una alerta conjunta.
Operativos norcoreanos están usando video deepfake en tiempo real para aprobar entrevistas laborales remotas y ser contratados en empresas tecnológicas. No roban una contraseña; reciben una. Legítimamente, el primer día de trabajo.
En una encuesta a 668 líderes de seguridad de grandes empresas, el 41% reconoció haber contratado al menos a un candidato fraudulento.
Este dato debería hacernos reflexionar en Chile. Donde la escasez de talento TI y la normalización del trabajo remoto han instalado procesos de selección rápidos, a distancia y muchas veces tercerizados.
Si un control de antecedentes confirma que una identidad existe, pero no que la persona en la videollamada sea su dueña, el área de Personas pasa a ser, sin saberlo, parte de la primera línea de defensa. Pocas organizaciones la han preparado para ese rol.
Lo mismo ocurre en finanzas. El caso de la ingeniera Arup, donde un empleado transfirió US$25,6 millones tras una videollamada en la que todos los participantes. Esto, incluido el supuesto CFO, eran generados por inteligencia artificial. Ello, dejó una lección que va más allá de la tecnología. Entrenar a las personas para detectar deepfakes es una batalla perdida.
Lo que funciona es diseñar procesos donde una voz o un rostro, por convincentes que sean, nunca basten por sí solos para autorizar una transferencia, un cambio de cuenta bancaria o un acceso privilegiado.
Conviene, eso sí, evitar el entusiasmo simplista de declarar muerto el perímetro. El Verizon DBIR 2026 mostró que la explotación de vulnerabilidades superó por primera vez al robo de credenciales como principal vía de entrada, con un 31% de las brechas. Pero el mismo informe revela que el abuso de credenciales aparece en el 39% de ellas cuando se mira el ataque completo. Los atacantes cambiaron por dónde entran; no cambiaron lo que buscan una vez adentro. La identidad no reemplaza al perímetro: define cuánto daño puede hacer quien lo cruzó.
A esto se suma un frente que muchos equipos aún no dimensionan: las identidades no humanas. Cuentas de servicio, tokens, llaves de API y, cada vez más, agentes de inteligencia artificial con permisos propios. Ya superan en número a las personas y rara vez tienen dueño, fecha de expiración o revisión periódica.
Para las organizaciones chilenas, este no es solo un tema técnico. La Ley Marco de Ciberseguridad y la nueva Ley de Protección de Datos Personales elevan la exigencia de responder por quién accede a qué y con qué justificación.
Además, la gestión de identidades y accesos privilegiados deja de ser un proyecto de TI y se convierte en una disciplina transversal que involucra a Personas, Finanzas, Legal y la alta dirección.
La confianza digital ya no se presume por tener la llave correcta. Se verifica, de forma continua, en cada momento en que importa.
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