Liderazgo femenino: un asunto estratégico

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Marcelo Muñoz, director de Global Network Trainers

Durante años, la conversación del liderazgo femenino estuvo centrada en cifras: participación en directorios. Brechas salariales y presencia en cargos ejecutivos. Esa discusión sigue siendo necesaria.

Sin embargo, hoy el debate exige mayor profundidad. No se trata únicamente de cuántas mujeres ocupan posiciones de poder. Sino que de cómo su presencia está contribuyendo a redefinir el modelo mismo de liderazgo en las organizaciones.

El contexto actual —marcado por entornos volátiles, inciertos y altamente complejos— exige competencias. Que durante décadas fueron consideradas complementarias.

Inteligencia emocional, capacidad de escucha, construcción de confianza, visión sistémica y gestión colaborativa del conflicto. Hoy, esas habilidades no son accesorias, son estratégicas. Por tanto, el liderazgo femenino no representa una cuota simbólica ni un gesto de corrección política. Representa una ventaja adaptativa.

Diversos estudios internacionales han evidenciado que equipos directivos con mayor diversidad de género. Tienden a mostrar mejores resultados financieros, mayor capacidad de innovación y una cultura organizacional más sólida. Pero más allá de los indicadores cuantitativos, el aporte cualitativo es igualmente significativo.

El liderazgo femenino ha contribuido a incorporar dimensiones humanas que históricamente estuvieron ausentes de la ecuación estratégica.

Referentes como Mary Barra, al frente de General Motors, o Indra Nooyi, en su etapa como CEO de PepsiCo. No lideraron desde una narrativa identitaria, sino que desde la integración entre visión estratégica y cultura organizacional.

En Latinoamérica también observamos ejemplos consistentes. Líderes como Débora Mattos en Coca Cola. Reflejan que el liderazgo femenino no es un discurso circunstancial. Sino que una práctica concreta que moviliza equipos y acelera procesos de cambio.

Lo relevante no es el evento en sí, sino lo que simboliza: organizaciones globales. Comprendiendo que el liderazgo diverso no es una tendencia, sino una decisión estratégica.

Con estos ejemplos, va quedando claro que el verdadero desafío para las organizaciones no es únicamente abrir espacios. Sino que revisar las estructuras sobre las cuales se construyó el concepto tradicional de éxito.

Jornadas interminables como sinónimo de compromiso, estilos directivos asociados a la confrontación permanente. Modelos de evaluación que penalizan la conciliación familiar y métricas que privilegian resultados de corto plazo en vez de ser sostenibles.

Entonces, si el liderazgo femenino ha avanzado en el mundo corporativo, es en parte porque ha cuestionado estas premisas. La discusión, por ello, no es si necesitamos más mujeres liderando —la evidencia indica que sí—, sino que si estamos dispuestos a evolucionar el paradigma organizacional para que el talento, independiente de su género, pueda desplegarse en su máxima expresión.

Existe acuerdo que cuando el liderazgo femenino tiene un rol protagónico existe mayor cohesión interna, una cultura de mayor confianza y procesos de toma de decisiones más integradores. No se trata de suavizar la gestión, se trata de fortalecerla desde una perspectiva más completa.

Queda claro, actualmente, que el liderazgo femenino no es una tendencia estacional. Es una transformación estructural que está redefiniendo cómo se ejerce el poder en las organizaciones del siglo XXI.