¿Y si el verdadero salto de la inteligencia artificial no fuera reemplazar empleos, sino empezar a dirigirlos?
Durante años, la IA automatizó tareas administrativas, analíticas y creativas. Desplazando puestos intermedios bajo la promesa de eficiencia. Primero escribió textos, luego procesó datos y más tarde asumió funciones de atención al cliente.
Ahora el movimiento es más controvertido. Comienza a contratar personas para ejecutar tareas físicas en su nombre. Convirtiendo al software en un nuevo tipo de empleador operativo.
En los últimos tiempos han surgido plataformas que permiten a la inteligencia artificial contratar personas para ejecutar tareas físicas de manera puntual. La más conocida, RentAHuman. Ha ganado notoriedad últimamente por publicar encargos y pagar a individuos directamente. Sin intervención de empresas tradicionales.
Los trabajadores se registran en estas plataformas para cumplir microtareas que van desde hacer envíos o tomar fotografías. Hasta asistir a eventos o realizar encuestas presenciales. Los pagos por cada tarea oscilan entre 10 y 50 dólares. Dependiendo de la complejidad y duración del encargo. Y toda la evaluación y supervisión se realiza de forma automatizada.
Actúan como extensiones físicas del algoritmo. Cumpliendo órdenes inmediatas sin estabilidad laboral y con una responsabilidad legal difusa. Este fenómeno no sólo redefine la relación entre humanos y máquinas. Sino que transforma la contratación tradicional en una lógica de disponibilidad constante. Donde la IA decide qué tareas, cuándo y cómo se deben ejecutar.
El crecimiento de la inteligencia artificial no solo afecta al trabajo humano. Sino que también tiene un impacto directo sobre el consumo energético y la sostenibilidad global.
Cada entrenamiento de modelos avanzados y cada operación continua depende de centros de datos que consumen enormes cantidades de electricidad. Presionando las redes energéticas globales.
Esto ocurre mientras gobiernos y empresas buscan reducir el consumo energético y avanzar hacia energías renovables. Generando un contraste evidente entre innovación tecnológica y sostenibilidad.
La operación constante de estos sistemas implica un consumo eléctrico masivo. Que incrementa las emisiones de gases de efecto invernadero. Y afecta tanto la infraestructura industrial como el consumo doméstico.
El avance de la inteligencia artificial sugiere un futuro en el que cada vez más decisiones sobre el trabajo humano quedan en manos de algoritmos.
Al mismo tiempo, la expansión de la IA implica un crecimiento constante de centros de datos y un aumento del consumo energético. Que afecta al mercado energético e incluso al ámbito doméstico.
La presión sobre la red eléctrica puede influir en el gasto de los hogares y la gestión de servicios básicos. Donde iniciativas para ahorrar en luz, agua y recursos vitales para la vida (y también para la IA). Cobran mayor relevancia. La paradoja es clara. Mientras la IA promete eficiencia y optimización. Su expansión física intensifica el gasto energético y el impacto ambiental. Y plantea retos de sostenibilidad que obligan a replantear cómo equilibrar innovación tecnológica, mercado laboral y consumo energético.
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