El 26 de abril entró en vigencia la segunda fase de la Ley de 40 horas. Las jornadas semanales bajaron de 44 a 42.
Es razonable, pero también revelador. Porque ese foco delata el verdadero problema. Seguimos pensando el trabajo en clave de horas y no de impacto.
Equipos haciendo lo mismo en menos tiempo, líderes que siguen midiendo presencia, procesos que nadie cuestionó porque nunca hubo tiempo.
El resultado es predecible. Agotamiento encubierto, reuniones más densas, y el correo del jefe a las 21:00 reemplazado por un mensaje de WhatsApp.
La conversación pública ha estado dominada por el debate de costos. El Banco Central advirtió en septiembre de 2025 sobre posibles efectos negativos en el empleo formal. Los gremios reclaman; el Gobierno responde con un crédito tributario en el plan de Reconstrucción Nacional.
Todo legítimo. Pero todo periférico al verdadero asunto. La pregunta que nadie se está haciendo en voz alta es esta. Si las dos horas que dejamos de trabajar son las dos horas menos productivas de la semana. ¿Qué hemos cambiado realmente?
Según el estudio Burnout 2025 de Laborum, casi 9 de cada 10 trabajadores chilenos afirma sufrir agotamiento laboral. Esto posiciona a Chile como el segundo país con mayor prevalencia en la región.
Si reducir el tiempo de trabajo bastara para resolver el problema, la sola implementación gradual de la ley vendría a corregirlo. La evidencia internacional —y el sentido común— sugieren que no funciona así. El agotamiento no se origina en las horas. Se origina en cómo se vive el trabajo dentro de esas horas. El control, la presencia exigida, la urgencia permanente, los procesos que nadie cuestiona.
Las organizaciones que van a salir mejor paradas de esta transición no son las que mejor absorban las dos horas menos. Son las que aprovechen el momento para hacer tres movimientos que llevaban años postergando. Para ellas hay 3 puntos clave que deben tener en cuenta.
Imposible pedirle a un líder que mida resultados si su métrica histórica es la silla ocupada.
Si la respuesta a tener menos horas es hacer todo más rápido, fracasamos antes de empezar.
Este es el cambio más profundo y el que pocas empresas están abordando con seriedad.
La rebaja de jornada nos puso a todos frente al mismo espejo. No existe la pregunta si tu empresa va a cumplir con la ley: va a cumplir, no hay alternativa. La duda es si va a usar este momento como una oportunidad para evolucionar, o si va a defender el modelo anterior con nuevas herramientas administrativas.
Lo primero requiere coraje cultural. Lo segundo es solo cumplimiento, y el cumplimiento, por sí solo, nunca generó ventaja competitiva.
Las 42 horas no son el desafío. Son el síntoma de uno mucho más grande. Vivimos diseñando empresas para la estabilidad en un mundo que cambió de reglas.
La buena noticia es que esta vez la conversación llegó por ley. La mala es que pocos la están aprovechando para tener la conversación de fondo.
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