Hay mercados que, por su tamaño y relevancia, uno asumiría que operan con altos niveles de eficiencia.
Pero no es así. Lo más complejo es que, pese a ser una industria crítica para el funcionamiento de muchos sectores. Entre ellos la minería, sigue operando bajo una lógica que parece detenida en el tiempo.
Hoy, gran parte de la industria sigue actuando de manera reactiva. Se compra cuando el equipo falla. Se contacta a varios proveedores. Luego esperar una respuesta y, en la urgencia, se termina pagando lo que sea necesario.
El problema no es nuevo. Fragmentación de proveedores, procesos manuales y poca visibilidad del stock disponible. Además, tiempos de respuesta que no dialogan con la urgencia de las operaciones. Son sólo parte de un diagnóstico conocido.
Pero lo que sí es nuevo, y muy relevante, es el escenario externo. Que hoy empieza a tensionar aún más esta forma de funcionar.
El alza del petróleo, impulsada por el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán, ya está impactando los costos logísticos.
Porque cuando una máquina se detiene, no hay espacio para planificar ni negociar. Se compra donde haya disponibilidad y al precio que exista. En ese momento, cualquier variación en el costo del transporte se traspasa directamente a la operación.
Ahí está el punto de fondo. Un parque de maquinaria que representa inversiones por cerca de US$70.000 millones, con gastos de mantención equivalentes al 20% anual, está operando con una cadena de abastecimiento que no logra responder a la velocidad que exige el sector. A esto se suma la proyección de la industria minera, que anticipa inversiones por más de US$104.000 millones en los próximos años, en proyectos que dependen directamente de mantener equipos funcionando sin interrupciones.
Mantener esta forma de trabajar tiene consecuencias concretas. Aumenta los costos cuando hay urgencias, limita la capacidad de anticiparse y expone a las empresas a interrupciones en la cadena logística.
En un contexto global incierto, estos efectos ya se están viendo y pueden intensificarse a medida que factores externos, como el precio del petróleo, sigan presionando los tiempos y costos de abastecimiento.
Más que un problema coyuntural, esto empieza a reflejar una forma de funcionamiento que quedó atrás frente a las exigencias actuales. Seguir dependiendo de este esquema implica asumir sobrecostos y niveles de incertidumbre que, con el volumen de inversión que maneja la industria, difícilmente pueden considerarse sostenibles en el tiempo.
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