Chile es un mercado potente en materia de redes sociales e influencers. A finales de 2025, el país tenía 14,8 millones de identidades de usuarios. Un 74,7% de la población consumiendo contenido en redes, según DataReportal.
Y teniendo en cuenta que las redes sociales ya no son lugares para interactuar con amigos y familiares. Sino verdaderas plataformas de entretenimiento y comercio.
Por eso, pensar en diversificar los ingresos a partir de una marca personal no es nada descabellado. Pero conforme siguen creciendo las redes, la competencia es cada vez más ardua y la atención de la audiencia se disgrega mucho más. Y las views no bastan.
Entonces, aunque la marca personal está en tendencia, al final no se puede depender exclusivamente del algoritmo. Porque nada del entorno digital está bajo el control del creador.
Un cambio en la plataforma, una caída en el alcance o incluso la pérdida de una cuenta pueden afectar de forma inmediata la conexión con la comunidad. Y, en muchos casos, los ingresos asociados a esa visibilidad, y no hay nada que un creador pueda hacer para evitarlo.
Ante la dificultad de vivir netamente de las visualizaciones. Muchos influenciadores nuevos se han replanteado la manera en que se construyen las marcas personales. Migrando hacia la creación de estructuras que permitan sostener esa relación en el tiempo. Sin depender exclusivamente de plataformas digitales.
Pueden ser productos digitales como cursos, ebooks, mentorías, consultorías o incluso eventos presenciales o virtuales. O también construir canales propios, como newsletters, comunidades cerradas. Donde la relación con la audiencia exista fuera del algoritmo. Y, por supuesto, las colaboraciones con otras marcas, o incluso que creen su marca de productos propia.
Para diversificar, debe hacerse en el momento correcto, para que los seguidores no lo perciban como oportunismo.
Hay que leer a la audiencia y saber cuándo manifiesta una necesidad que se pueda suplir. Si el producto o servicio tiene sentido dentro del contenido que ya se comparte. No se percibe como invasivo, sino como una extensión natural. Y, por supuesto, debe ser coherente con la experiencia y valores de la marca personal.
«Esto es un tema de prueba y error». Señala la docente de EAE Business School. «Diversificar una marca personal implica escuchar a la audiencia, probar formatos e ir ajustando la oferta en función de lo que realmente aporta valor. No hay fórmulas mágicas».
Uno de los errores más frecuentes no es solo monetizar demasiado pronto. Sino hacerlo sin una propuesta de valor clara o sin coherencia entre el posicionamiento de la marca, la expectativa de la audiencia y la oferta final.
Otro fallo común es replicar modelos de otros creadores sin analizar si realmente encajan con su perfil o con su audiencia. Y, por último, la sobrecarga.
La experta advierte que lanzar múltiples productos o servicios al mismo tiempo, sin una estructura ni una estrategia clara. Lo que termina diluyendo la marca.
Eso sí, tener activos propios es altamente necesario, porque así como no se puede depender solo del algoritmo. Tampoco se puede de las colaboraciones pagadas, porque es otro asunto que escapa del control.
Las dinámicas de las redes sociales son netamente comerciales y las audiencias han asumido el papel de consumidores, así que no hay que subestimarlas. Eso sí, debe haber un equilibrio en la proporción y la intención.
«Si la mayor parte del contenido educa, inspira o entretiene, la audiencia entiende que también habrá momentos de oferta», agrega Maite Moreno. «El problema surge cuando la comunicación se vuelve exclusivamente comercial. Ahí se diluye el valor agregado de la marca personal».
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