Rodrigo Buhring; Académico del Departamento de Salud Pública de la Universiadad Católica de la Santísima Concepción (UCSC).
Cada 7 de junio, el Día Internacional de la Inocuidad de los Alimentos nos recuerda una verdad muchas veces invisible. Los alimentos no solo deben alimentar, también deben ser seguros.
La inocuidad alimentaria es un componente esencial de la salud pública. Ya que alimentos contaminados pueden provocar enfermedades, hospitalizaciones e incluso la muerte. Afectando especialmente a personas mayores, niños, y personas con enfermedades crónicas.
La implementación de la Política Nacional de Inocuidad y Calidad Alimentaria. Junto con el fortalecimiento de instituciones como ACHIPIA. Y la incorporación progresiva de sistemas preventivos basados en riesgo. Han contribuido a mejorar estándares de producción, trazabilidad y fiscalización.
También existe una mayor conciencia empresarial. Respecto del impacto que tiene la inocuidad sobre la confianza del consumidor y la competitividad de los mercados.
Persisten brechas importantes entre grandes empresas y pequeños productores o servicios de alimentación. Que muchas veces carecen de recursos técnicos, capacitación o infraestructura suficiente para implementar sistemas robustos de gestión de inocuidad.
A ello se suma el crecimiento de nuevas formas de comercialización. Como el delivery y la venta informal de alimentos. Que complejizan la fiscalización y aumentan los riesgos sanitarios.
Desde la academia, el desafío es seguir formando profesionales capaces de integrar gestión, ciencia y salud pública. Promoviendo una cultura de inocuidad que vaya más allá del cumplimiento normativo. La inocuidad no puede entenderse únicamente como una exigencia técnica; debe asumirse como un compromiso ético con las personas.
Desde el consumidor, también existe responsabilidad. Las decisiones de compra, manipulación y conservación de alimentos. Influyen directamente en la prevención de enfermedades transmitidas por alimentos. Una ciudadanía informada y consciente es parte fundamental de un sistema alimentario más seguro.
La pregunta es inevitable: ¿estamos preparados para construir una verdadera cultura de inocuidad que responda a los desafíos sanitarios, tecnológicos y sociales del futuro?
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