En las últimas semanas los chilenos hemos recibido otra mala noticia para el bolsillo. Volvieron a subir los combustibles, las cuentas de la luz siguen presionando el presupuesto familiar y hacer las compras en el supermercado cuesta bastante más que hace un par de años. La sensación es compartida por casi todos: el sueldo ya no alcanza. Y es verdad. Vivimos un escenario económico desafiante, donde hay factores internacionales que no controlamos y otros internos que también han empujado el costo de la vida. Pero hay algo sobre lo que sí podemos actuar: la forma en que administramos nuestro dinero.
No lo digo desde la teoría. Lo veo permanentemente en personas que trabajan, emprenden y hacen enormes esfuerzos por llegar a fin de mes. Muchas sienten que el problema es exclusivamente el nivel de ingresos. Sin embargo, cuando revisamos juntos sus gastos aparece una realidad distinta: existe un margen importante para ordenar las finanzas y tomar mejores decisiones.
El primer paso es mucho más simple de lo que parece: saber en qué estamos gastando. Sorprende la cantidad de personas que nunca ha anotado sus gastos. Conocen el monto de su sueldo, pero no tienen claridad de cuánto destinan realmente a comida, transporte, aplicaciones, suscripciones o compras impulsivas.
Y cuando uno pone esos números sobre la mesa, aparecen las sorpresas. Hay pequeños gastos que parecen inofensivos, pero que juntos representan decenas o incluso cientos de miles de pesos al año. Un café todos los días, pedidos por aplicaciones, compras por impulso o esas plataformas de streaming que seguimos pagando aunque hace meses no las abrimos.
Los hormiga son esos pequeños desembolsos diarios que casi no notamos. Los vampiro son servicios que siguen consumiendo dinero sin aportar valor. Y los fantasma son esas suscripciones que olvidamos cancelar y que cada mes descuentan dinero automáticamente de nuestra cuenta. El problema no es tener un servicio de streaming. El problema es pagar cinco cuando apenas usamos uno o dos. Lo mismo ocurre con aplicaciones, gimnasios o membresías que permanecen activas simplemente porque nunca nos dimos el tiempo de revisarlas.
También me preocupa otro fenómeno que se ha vuelto habitual: usar la tarjeta de crédito para pagar gastos del día a día. Comprar alimentos, cargar combustible o pagar cuentas básicas con dinero que no tenemos puede dar un respiro momentáneo, pero muchas veces termina transformándose en una bola de nieve difícil de controlar.
La tarjeta de crédito no debería ser una extensión del sueldo. Si además se paga el mínimo o se acumulan varias tarjetas, los intereses terminan consumiendo una parte importante de los ingresos futuros. Ahí el problema deja de ser el costo de la vida y pasa a ser el costo de la deuda.
Por supuesto que hoy ahorrar cuesta mucho más que antes. Hay familias cuyos gastos básicos ya consumen gran parte de sus ingresos. Pero precisamente por eso el ahorro no debe desaparecer del presupuesto, aunque sea un monto pequeño. Ahorrar no es guardar lo que sobra. La mayoría de las veces no sobra nada. Ahorrar significa decidir conscientemente dejar de consumir algo hoy para tener mayor tranquilidad mañana.
Otro error frecuente es creer que ordenar las finanzas significa dejar de vivir o renunciar para siempre a los gustos personales. No se trata de eso. Se trata de priorizar. Tal vez este no sea el mejor momento para cambiar el teléfono, salir todos los fines de semana o mantener gastos que hace algunos años eran manejables, pero que hoy simplemente ya no lo son. Ajustarse por un tiempo no es un fracaso. Es una decisión inteligente.
La incertidumbre económica probablemente seguirá acompañándonos durante un buen tiempo. No sabemos cómo evolucionarán los precios de la energía, los combustibles o los alimentos. Lo que sí sabemos es que las personas que conocen sus números, planifican sus gastos y toman decisiones con información enfrentan mucho mejor estos escenarios.
La educación financiera dejó de ser un tema exclusivo para economistas o inversionistas. Hoy es una herramienta básica para cualquier familia. Porque al final, tener unas finanzas ordenadas no significa ganar más dinero. Significa recuperar algo que vale incluso más: la tranquilidad de saber que somos nosotros quienes controlamos nuestro dinero, y no al revés.
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