La grieta bajo el hidrógeno verde: por qué Chile no puede construir una promesa energética sobre una matriz frágil

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La grieta bajo el hidrógeno verde: por qué Chile no puede construir una promesa energética sobre una matriz frágil

Isaac Díaz, académico del Departamento de Ingeniería Química y Bioprocesos, USACH

Mientras el Ministerio de Energía preparaba en julio un decreto preventivo de racionamiento, el primero desde 2021. Esto, por la escasez hídrica y la indisponibilidad de centrales clave. En paralelo seguíamos hablando de Chile como potencia mundial del hidrógeno verde. Esto, con más de 70 proyectos en cartera y proyecciones de inversión que rozan los US$45.000 millones al 2030.

La coincidencia no es anecdótica. Es el síntoma de una desconexión que llevamos años postergando.

Una ventaja que no se sostiene sola

El argumento detrás de la apuesta chilena por el hidrógeno verde siempre fue el mismo. Sol y viento de clase mundial. Electricidad renovable abundante y, por tanto, costos de producción entre los más bajos del mundo.

El argumento es correcto, pero incompleto. Tener recursos energéticos altamente disponibles no equivale a tener un sistema eléctrico capaz de entregarlo de manera firme. También continua y a un costo estable. Y ese es, precisamente, el punto ciego que la crisis de julio dejó en evidencia.

Chile sigue importando prácticamente todo el petróleo, el carbón y el gas natural que consume.Son insumos que representan más de la mitad de la energía primaria del país.

La generación hidroeléctrica (todavía columna vertebral del sistema) depende de lluvias que el retraso de El Niño volvió impredecible. Y las llamadas “autopistas eléctricas”. La infraestructura de transmisión, van muy por detrás del ritmo de instalación de parques solares y eólicos.

El resultado es una paradoja que cualquier ingeniero de procesos reconocería de inmediato. Sobra energía limpia en las horas de sol, pero el sistema no tiene cómo moverla.

Tampoco como almacenarla ni respaldarla cuando el recurso natural falla. Se desechan miles de GWh de generación renovable cada año por vertimiento (curtaiment). Al mismo tiempo que se estudia un racionamiento por falta de abastecimiento firme. Ambas cosas son la misma enfermedad.

¿Es el hidrógeno verde solo una cuestión de precio?

No, y ahí está la oportunidad que estamos dejando pasar. La discusión pública sobre hidrógeno verde en Chile se ha concentrado casi exclusivamente en la competitividad de costos frente a Australia o Medio Oriente, como si el desafío fuera únicamente bajar el dólar por kilo. Pero el hidrógeno verde es, ante todo, un problema de ingeniería de sistemas: de cómo se integra la generación intermitente, el almacenamiento y una demanda industrial que necesita electricidad disponible con un factor de planta razonable para que la electrólisis sea viable. Un electrolizador no funciona con ilusiones de recurso solar, funciona con energía entregada, contratada y robusta.

El precio, sí, importa, pero la variable que realmente decide si un proyecto de hidrógeno se construye o se queda en papel es la certeza de suministro a diez o veinte años. Y esa certeza, hoy, no la tenemos. Estamos pidiéndole a la industria del hidrógeno que sostenga sobre sus hombros la transición energética completa del país, sin haber resuelto primero la fragilidad estructural de la matriz sobre la que esa industria debería apoyarse.

La oportunidad que se pierde

Aquí está lo que de verdad se nos escapa. El mismo vertimiento que hoy es un fracaso de planificación podría ser. Esto, si lo pensáramos como sistema, el insumo que hace despegar al hidrógeno verde local.

Electrolizadores ubicados junto a parques solares con curtailment crónico no compiten por energía cara ni escasa, aprovechan electricidad que hoy se está literalmente botando. Es la integración entre generación excedente, almacenamiento y demanda industrial —no el precio spot— la que determina si construimos una industria de hidrógeno con sentido, o si seguimos anunciando gigavatios de proyectos que se estancan en evaluación ambiental mientras el país negocia decretos de racionamiento.

La actualización de la Estrategia Nacional de Hidrógeno Verde 2026-2030 ya empezó a moverse en esa dirección, priorizando demanda interna y capacidades industriales por sobre la promesa exportadora inmediata. Es un giro sensato. Pero mientras no resolvamos la transmisión, la diversificación de respaldo y la resiliencia hídrica del sistema eléctrico, cualquier estrategia de hidrógeno seguirá construida sobre una base que puede derrumbarse en la próxima sequía. No se trata de elegir entre robustecer la matriz o desarrollar el hidrógeno verde: son la misma tarea de ingeniería, vista desde dos ángulos, y seguir tratándolas por separado es la verdadera oportunidad que estamos dejando sobre la mesa.