El rol de la cultura organizacional como factor de atracción del talento
Por Andrea Avila, CEO de Randstad para Argentina, Chile, México y Uruguay
Durante muchos años, asociamos la cultura organizacional a un lugar físico. La oficina o el espacio de trabajo.
Existía una apuesta muy fuerte por la infraestructura. Esto, especialmente en grandes compañías y multinacionales. Una competencia implícita por ofrecer las mejores instalaciones. Ello, bajo la premisa de que los colaboradores pasaban gran parte de su día allí.
Sin embargo, la pandemia sacó al lugar de trabajo de esa ecuación.
Le quitó su rol como elemento central de cómo el talento percibía a los empleadores. En ese proceso, las organizaciones pasaron del shock a la adaptación a puro ensayo y error.
Luego se instaló la virtualidad y el trabajo híbrido. Con ello, comenzó la búsqueda de nuevas maneras de llevar la cultura al living de los colaboradores y a la pantalla. Aún hoy seguimos buscando el modelo de trabajo definitivo.
Analizamos pros y contras. Evaluamos cómo impactan los distintos esquemas híbridos en las expectativas del personal. Incluso, nos preguntamos qué tipo de oficinas son necesarias o si realmente se requiere una.
En medio de esa búsqueda, empezamos a entender algo fundamental. En la nueva realidad laboral, la cultura ya no reside en un edificio ni en una pantalla. Sino en las experiencias que viven las personas en cada punto de contacto con la organización.
La oficina sigue siendo importante como espacio de socialización y construcción de vínculos. También como sentido de pertenencia.
La pantalla amplifica y hace posible el trabajo distribuido, y los procesos dan el marco. Pero ninguno de esos elementos por sí solo construye cultura. Esta se transmite en las interacciones cotidianas. De manera sostenida por la coherencia organizacional y el tipo de liderazgo.
El gran desafío en entornos híbridos es hacer que esa cultura sea consistente, independientemente de la ubicación de cada colaborador. Si la experiencia cambia radicalmente entre la oficina y el home office, no hay cultura, sino fragmentación.
Las empresas que mejor están resolviendo este escenario son las que logran que sus valores, su propósito y su forma de liderar se vivan de manera coherente en todos los canales.
En paralelo, la flexibilidad se consolidó como un factor transversal e innegociable para el talento.
Esto, en la búsqueda de un mayor equilibrio entre la vida personal y laboral. Esto obliga a definir los formatos de trabajo con mayor intencionalidad, redefiniendo el valor de la oficina para transformarla en un espacio de encuentro que fomente la colaboración, la creatividad y el sentido de comunidad que la virtualidad muchas veces limita.
En este contexto, el rol del liderazgo se vuelve todavía más determinante. Con equipos diversos, multiculturales y remotos, la demanda de empatía, escucha, transparencia y feedback constante es mayor. Las habilidades blandas de los líderes —adaptación al cambio, gestión de la incertidumbre y capacidad para generar confianza a la distancia, se convierten en skills indispensables.
En la actualidad, la pertenencia ya no se construye únicamente desde lo compartido físicamente. Sino desde vínculos genuinos y culturas capaces de integrar diferencias sin perder identidad.
En un mercado donde el talento no solo elige dónde trabajar, sino también cómo y bajo qué tipo de liderazgo, la experiencia cotidiana de una organización dejó de ser un concepto abstracto. Ello, para convertirse en un diferencial concreto de atracción y fidelización.




