
Un análisis de Fundación Familias Primero, a partir de un estudio publicado en Child Development, pone el foco en la reminiscencia elaborativa. Una forma de conversar con los niños sobre experiencias pasadas que los invita a contar qué ocurrió, cómo se sintieron y qué pasó después. La investigación encontró una asociación entre una mayor elaboración de estas conversaciones y una mejor regulación emocional cinco años después.
Preguntar a un niño “¿cómo te fue?” puede abrir una conversación. Preguntar después qué pasó, cómo se sintió o qué recuerda de ese momento permite llevarla un poco más lejos.
Esa diferencia, aparentemente pequeña, es la que releva Fundación Familias Primero a partir de una investigación publicada en Child Development. Una de las revistas científicas de referencia internacional en desarrollo infantil.
El estudio comenzó con 248 niños de entre 3 y 6 años y sus madres. Parte de las familias tenía antecedentes de maltrato y estaba vinculada al sistema de protección infantil.
Entre ellas, un grupo participó en un programa de seis sesiones que enseñó a las madres a conversar con sus hijos. Sobre experiencias emocionales pasadas de una manera más elaborada y sensible.
La práctica se conoce como reminiscencia elaborativa. En concreto, supone hacer preguntas abiertas. Incorporar nuevos elementos y recoger lo que el niño dice para ayudarlo a desarrollar el relato.
A ello se suma un acompañamiento sensible de la conversación. Que considera escuchar y validar las emociones que expresa.
“El resultado apareció al mirar qué había ocurrido cinco años después. Las madres que participaron en la intervención habían aumentado significativamente la elaboración de sus conversaciones. Y, a mayor elaboración después del programa, mejor era la regulación emocional de los niños en el seguimiento. Los investigadores encontraron además un efecto indirecto significativo de la intervención sobre esta habilidad a través del cambio en la forma de conversar”. Analiza María José Balin Fürst, psicóloga especialista en salud mental familiar de Fundación Familias Primero.
Para la experta hay otro elemento que vuelve especialmente interesante el hallazgo. Parte importante de la investigación se realizó con familias que habían enfrentado situaciones de adversidad.
“Ahí hay un mensaje muy relevante. Incluso en contextos difíciles, hay interacciones cotidianas que pueden apoyar el desarrollo emocional de un niño. Preguntar, escuchar, ayudarlo a poner en palabras lo que vivió y validar sus emociones son acciones muy concretas que un adulto puede incorporar en una conversación”. Explica Balin Fürst.
Llevado a la vida diaria, esto puede ocurrir en momentos muy simples. “Cuando un niño responde ‘bien’ a un ‘¿cómo te fue?’. La conversación no tiene por qué terminar. Podemos preguntarle qué fue lo mejor de su día, qué pasó después o cómo se sintió. A veces una pregunta más es suficiente para abrir una historia que de otra manera no habría aparecido”. Señala por su parte Anne Traub Mödinger, directora ejecutiva de Fundación Familias Primero.
Esa lógica está también detrás de Arte y Mesa. Iniciativa de la Fundación que ha invitado a niños y cuidadores de más de 45 comunas del país. A intervenir juntos un plato de cartón a partir de recuerdos, historias y experiencias familiares.
El plato funciona como un punto de partida para que aparezcan preguntas y relatos entre niños y adultos.
“Cuando invitamos a una familia a recordar una historia para llevarla a un plato, el resultado final es solo una parte. Lo interesante es lo que ocurre mientras lo hacen: qué recuerdan, qué se preguntan y qué descubren conversando. Ese espacio compartido es el que queremos promover”. Agrega Traub.
El análisis de Fundación Familias Primero rescata justamente esa dimensión del estudio. Una conversación cotidiana puede volverse más rica cuando el adulto no se queda en la primera respuesta. Sino que escucha, pregunta y ayuda al niño a desarrollar lo que quiere contar.




