Chile habla de transición climática mirando autos, fábricas y energía. Pero el transporte marítimo –90% del comercio mundial y cerca del 3% de las emisiones globales– sigue fuera del foco. La OMI promete carbono neutralidad al 2050, pero sin reglas claras ni mecanismos exigibles. Esa ambigüedad no es neutra: posterga inversiones, encarece la adaptación futura y deja a las regiones portuarias expuestas a una transición improvisada.
Ahí aparece una ventaja estratégica. Donde otros ven vacío regulatorio, Chile puede construir liderazgo. El Biobío tiene puertos, industria, universidades y capital humano para convertirse en laboratorio de una marina mercante más limpia. Tecnologías como la captura de carbono a bordo no son la solución final, pero sí un puente mientras llegan los combustibles de cero emisiones. Esperar a que el mundo defina el estándar es renunciar a diseñarlo.
Esto no es abstracto. Cuando un sector queda fuera de la transición, el costo se traslada: más presión sobre otras industrias, empleo en riesgo y comunidades costeras pagando la inacción. Liderar, en cambio, crea cadenas productivas, trabajo calificado y soberanía tecnológica.
El próximo gobierno debe decidir si el mar seguirá siendo un punto ciego o una palanca de futuro. Porque la logística del mañana no solo moverá carga: moverá la forma en que un país compite.
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