El accidente ocurrido en la comuna de Renca hace un mes, vinculado a un camión de Gasco, no solo generó alarma pública. Dejó al descubierto una brecha preocupante.
La industria minera ofrece un contraste elocuente. Allí, el transporte de sustancias peligrosas se realiza en condiciones objetivamente más adversas —caminos de tierra, pendientes pronunciadas, riesgo de derrumbes, tránsito de maquinaria pesada— donde la posibilidad de un accidente grave es real y permanente.
Sin embargo, la probabilidad de que ocurra es baja. La razón es la aplicación sistemática de estándares rigurosos de control de riesgos.
Si esos mismos protocolos se aplicaran en las ciudades, el riesgo de un evento como el de Renca debería ser extraordinariamente bajo. Cercano a cero.
La diferencia principal no es técnica, sino cultural. En minería, la prevención de riesgos es un valor intransable. Fuera de la faena, en cambio, ese valor suele diluirse bajo la presión por eficiencia, rapidez o reducción de costos.
Se prioriza la capacidad de carga por sobre la integridad estructural de los equipos. Se acortan procesos de verificación. Y, en ocasiones, se prescinde de operadores altamente especializados.
Las medidas necesarias para prevenir este tipo de incidentes son conocidas. Inspección exhaustiva del equipo antes de operar. Revisión de documentación. Planificación detallada de rutas. Conducción por personal certificado y acompañamiento de escoltas preparados. Esto, para responder ante emergencias y resguardar a terceros.
Otro elemento clave es la gestión por competencias. Asegurar que la persona adecuada, con la formación y habilidades correctas, esté a cargo de una tarea crítica. Esto reduce significativamente la probabilidad de error humano.
La evaluación continua y la capacitación pertinente permiten cerrar brechas de conocimiento. También adaptar a los trabajadores a nuevas exigencias tecnológicas y operacionales.
Todo converge en la cultura de seguridad. Cuando una organización sitúa la protección de la vida, la salud y el medio ambiente por encima de cualquier resultado productivo, las decisiones cambian. Detener una operación insegura deja de ser una pérdida y pasa a ser una obligación.
El desafío para Chile no es descubrir nuevas soluciones, sino decidir aplicarlas de manera consistente fuera del ámbito minero. Las herramientas existen, el conocimiento está disponible y su eficacia ha sido ampliamente probada.
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