El 78% de las empresas a nivel mundial ya utiliza inteligencia artificial. Esto, en al menos una función de negocio. Dato, según el último estudio de McKinsey.
A esto se suma otro dato inquietante: distintos análisis de la industria estiman que cerca de 8 de cada 10 proyectos internos de inteligencia artificial fracasan o no alcanzan los resultados esperados. No por falta de tecnología, sino por problemas de integración, gobernanza y alineación con los objetivos del negocio.
En medio de esta carrera por adoptar inteligencia artificial, muchas empresas están pasando por alto una pregunta fundamental: ¿quién controlará los sistemas cuando comiencen a tomar decisiones por sí solos?
La irrupción de la llamada inteligencia artificial agéntica está cambiando radicalmente las reglas del juego. A diferencia de los sistemas tradicionales, estos nuevos agentes no solo analizan información o entregan recomendaciones. También pueden ejecutar acciones, coordinar procesos y tomar decisiones sin intervención humana permanente.
Lo que hasta hace poco parecía ciencia ficción ya está comenzando a ocurrir dentro de las organizaciones.
Sistemas inteligentes capaces de gestionar inventarios, coordinar operaciones logísticas, responder clientes, ejecutar procesos financieros o administrar tareas de recursos humanos están dejando de ser una promesa para convertirse en una realidad empresarial.
Y ahí aparece una pregunta incómoda que muchas compañías todavía no se están haciendo: si la inteligencia artificial toma una decisión equivocada, ¿quién responde?
Durante años vimos cómo las empresas compraban software, plataformas y soluciones digitales de manera aislada. Cada área incorporaba herramientas según sus propias necesidades, generando ecosistemas tecnológicos complejos, costosos y difíciles de administrar. Hoy muchas organizaciones operan con decenas e incluso cientos de aplicaciones que no conversan entre sí, datos dispersos y procesos desconectados.
Por el contrario, lo amplificará.
Si una empresa alimenta un sistema inteligente con información desordenada, procesos mal definidos y datos inconsistentes, la IA simplemente tomará decisiones equivocadas a una velocidad mucho mayor.
Las organizaciones necesitan establecer reglas claras antes de delegar procesos críticos a sistemas autónomos. No basta con que la inteligencia artificial funcione. Debe ser auditable, explicable y estar alineada con los objetivos del negocio. La empresa debe comprender qué datos utiliza, cómo procesa la información y bajo qué criterios recomienda o ejecuta una acción.
De lo contrario, corre el riesgo de perder visibilidad sobre decisiones que impactan directamente sus operaciones, sus clientes y su reputación.
Lo preocupante es que muchas compañías siguen creyendo que incorporar inteligencia artificial es simplemente adquirir una nueva herramienta. No lo es. Estamos hablando de sistemas que comenzarán a participar activamente en decisiones que antes dependían exclusivamente de personas.
Las empresas que liderarán esta nueva etapa no serán necesariamente las que adopten inteligencia artificial primero. Serán aquellas que logren administrarla mejor, establecer límites claros, definir responsabilidades y mantener el control sobre las decisiones que toman sus sistemas.
Porque en un mundo donde las máquinas comienzan a decidir por sí solas, la pregunta más importante ya no es qué puede hacer la inteligencia artificial.
La pregunta es quién sigue teniendo el control.
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