Por Maciel Campos Director Escuela de Publicidad y Relaciones Públicas Universidad de Las Américas.
No por lo que mostraba en pantalla, sino por lo que algunos imaginaron que exhibiría. Bastaron unas fotografías del rodaje, rumores sobre el vestuario, comentarios aislados y un puñado de interpretaciones apresuradas. Para que comenzara un juicio sumario cuyo veredicto parecía escrito antes del estreno.
El fenómeno tiene nombre. Se conoce como review bombing. Práctica mediante la cual grupos organizados o audiencias digitales coordinan evaluaciones negativas de una obra antes. O inmediatamente después, de su lanzamiento. Buscando afectar su reputación más que discutir sus reales méritos.
El académico norteamericano Henry Jenkins, especialista en medios. Sostiene que las audiencias ya no solo consumen contenidos. Participan activamente en la circulación y resignificación de los propios mensajes. Ya no se evalúa una película: se castiga la idea que se supone representa.
Lo ocurrido con La Odisea resulta paradigmático. Christopher Nolan, probablemente en la actualidad el director de cine más influyente del mundo. Recibió de Universal un presupuesto cercano a los 250 millones de dólares para desarrollar un proyecto que llevaba más de dos décadas madurando.
Sin embargo, antes de que alguien pudiera juzgar su propuesta artística, comenzaron las acusaciones. Anacronismos históricos, supuesta agenda woke. Decisiones estéticas impropias e incluso descalificaciones provenientes de figuras como Elon Musk.
Y al review bombing le siguió el conocido bandwagon effect. Mientras más personas repetían un juicio, más individuos se sumaban simplemente porque “parecía” existir un consenso.
La opinión dejó de construirse sobre la experiencia y pasó a edificarse sobre la imitación. En redes sociales, la percepción suele viajar mucho más rápido que los hechos.
Paradójicamente, una vez estrenada, muchas de aquellas objeciones comenzaron a desvanecerse.
La película terminó revelándose como una reinterpretación monumental del viaje de Odiseo. Más interesada en explorar la fragilidad humana que en reproducir arqueológicamente cada verso de Homero.
La decisión de privilegiar efectos prácticos, rodaje en 70 milímetros y escenarios reales reforzó precisamente aquello que Nolan lleva décadas defendiendo. Una experiencia cinematográfica donde la tecnología no sustituya al ser humano. Sino que lo engrandezca.
Vivimos una época donde resulta cada vez más fácil vocear un veredicto que construir su coherencia. Donde la velocidad de la opinión parece haber reemplazado el ejercicio de comprender.
El algoritmo recompensa la reacción inmediata, la reflexión, en cambio, exige tiempo, silencio y esfuerzo.
Homero escribió una odisea sobre un hombre que tardó veinte años en regresar a Ítaca. Nosotros, en cambio, somos capaces de llegar a conclusiones definitivas en diez segundos.
Tal vez el verdadero naufragio contemporáneo no ocurra en las pantallas, sino en esa creciente incapacidad humana para esperar que una obra hable antes de discernir su valor. Hay sirenas que simplemente cantan lo que algunos decidieron odiar.
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