En medio del aumento de los problemas de convivencia escolar en Chile. Los programas de robótica están ayudando a que los estudiantes trabajen habilidades como la empatía, el autocontrol y el trabajo en equipo desde la experiencia.
La convivencia escolar se ha instalado como una preocupación cada vez más frecuente en los colegios chilenos. En 2025 se registraron 22.680 denuncias ante la Superintendencia de Educación, de las cuales 17.076 estuvieron relacionadas con convivencia escolar.
A eso se suman más de 700 denuncias por amenazas en establecimientos educacionales de siete regiones del país. Contabilizadas por el Ministerio Público solo en las últimas semanas.
Esto es algo que profesores y equipos directivos vienen advirtiendo desde hace rato. Más conflictos entre estudiantes, más dificultades para manejar la frustración y menos herramientas concretas para abordar lo emocional dentro de la sala.
En ese escenario, la robótica empieza a ganar espacio como una forma distinta de abordar el manejo de las emociones dentro del aula. Ya no desde la teoría, sino desde la experiencia.
Good Neighbors, organización que trabaja en Chile desde 2010 promoviendo el desarrollo integral de niños, niñas y jóvenes en contextos vulnerables. Viene impulsando desde 2022 un programa de robótica educativa que busca justamente meterse en este problema.
Los estudiantes construyen y programan un robot. Mientras trabajan habilidades como la empatía, el trabajo en equipo, el autoconocimiento y el autocontrol.
Desde la primera clase, guiados por un monitor de Good Neighbors. Se organizan en grupos de tres y se distribuyen funciones. Uno se encarga de la construcción, otro de la programación y otro de ordenar y coordinar el trabajo del equipo.
En cada sesión esos roles van rotando, de modo que todos pasan por cada tarea. Esa dinámica los obliga a coordinarse, escucharse y resolver problemas en conjunto. No solo a nivel técnico, sino también en la forma en que se relacionan.
En él, identifican lugares importantes de su barrio y los asocian a emociones. Espacios donde se sienten seguros, otros que les generan miedo o incomodidad, otros que vinculan a experiencias positivas. Ese trabajo se comparte y se conversa en grupo.
Las clases están diseñadas para que lo técnico y lo emocional vayan completamente integrados. Por ejemplo, en una sesión sobre autocontrol, los estudiantes programan un vehículo robot que está “enojado” y que circula a alta velocidad por el mapa que desarrollaron. Luego el robot baja la velocidad y se detiene antes de chocar.
A partir de ese ejercicio, la conversación pasa directamente a cómo reaccionan ellos cuando se enojan y si son capaces de frenarse antes de actuar. No es una explicación teórica, es algo que acaban de experimentar.
“Cada estudiante tiene un rol distinto y necesita del otro para avanzar. No es que uno pueda hacer todo solo. Porque si falla una parte, el proyecto simplemente no funciona. Ahí se vuelve concreto el trabajo en equipo y la empatía. Porque tienen que escucharse, respetar los tiempos del otro y entender que todos están aportando algo distinto”. Detalla Fuentes.
El programa también apunta a desarrollar habilidades que hoy son claves en la educación. Como el pensamiento crítico, la creatividad, la innovación y la metacognición. “Lo que buscamos es que los estudiantes no solo vivan la experiencia. Sino que sean conscientes de lo que están aprendiendo y sintiendo. Que puedan ponerle nombre a lo que les pasa y entender por qué reaccionan de cierta manera en el proceso”. Dice Fuentes.
Esta iniciativa hoy se está llevando a cabo en seis colegios. Repartidos entre Valparaíso, Santiago y la comuna de El Carmen, en la Región de Ñuble. Desde 2022, el programa ha pasado por cerca de 30 establecimientos.
Por otro, avances en lo socioemocional, medidos de forma concreta mediante encuestas aplicadas después de los talleres y que han arrojado que cerca del 65% de los estudiantes dice que usa estos conceptos en su vida diaria. Mientras alrededor del 80% logra comprender la empatía.
También hay efectos que se notan en la dinámica de los propios colegios. Algunos han generado sus propios espacios de robótica después del programa. Y en la sala, los profesores observan cambios en cómo los estudiantes trabajan en grupo.
“Al final, lo que vemos es que cuando los estudiantes viven estas experiencias. Empiezan a entender mejor cómo reaccionan, cómo se relacionan con otros y qué pueden hacer distinto. Y eso es algo que se queda con ellos mucho más allá del programa”. Cierra Fuentes.
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