Por Claudio Brinkmann, fundador de Maihue.
Tenemos un problema con la forma en que hablamos de obesidad infantil. Nos hemos acostumbrado a mirar el plato. Revisar las etiquetas y discutir qué alimentos deberían estar dentro o fuera de la dieta de los niños.
Pero hay una pregunta mucho más incómoda que todavía no nos hacemos con suficiente fuerza. ¿Qué estamos enseñando a tomar cuando un niño tiene sed?
Porque antes de aprender a leer etiquetas, los niños aprenden hábitos. Antes de entender qué es una caloría, ya saben qué sabores esperan encontrar en un vaso.
Y mucho antes de que aparezca cualquier problema de salud. Ya construyeron una relación con la alimentación que probablemente los acompañará durante años.
En Chile enfrentamos una realidad que no podemos seguir normalizando. Los niveles de sobrepeso y obesidad infantil se mantienen entre los principales desafíos de salud pública.
Y aunque la conversación suele centrarse en la comida, hay un elemento cotidiano que muchas veces queda relegado. La hidratación.
Lo habitual es que espere una bebida con sabor, un jugo o algún producto que transforme la hidratación en una experiencia asociada al consumo. Sin darnos cuenta, convertimos una necesidad básica del cuerpo en una oportunidad permanente de agregar azúcar, sabores y estímulos.
El problema no es una botella específica ni un producto en particular.
El problema es la idea que estamos instalando. Tomar agua “a secas” es insuficiente, aburrido o poco atractivo.
Y esa idea no nació en los niños, sino que la construimos los adultos. Los hábitos infantiles no se forman a partir de discursos. Sino de lo que ocurre todos los días en la casa. En el colegio y en los espacios donde los niños pasan su tiempo.
Por eso, la lucha contra la obesidad infantil no puede ser solamente una batalla contra determinados alimentos. También debe ser una conversación sobre cultura y sobre las pequeñas decisiones que repetimos sin cuestionar.
Durante años normalizamos que para hidratarse había que elegir algo con sabor. Normalizamos que el agua podía ser reemplazada.
Normalizamos que las preferencias de los niños eran inevitables. Cuando muchas veces son simplemente el resultado de lo que les hemos ofrecido desde pequeños.
Replantear los hábitos desde la infancia no significa prohibir ni imponer. Significa recuperar lo básico y volver a enseñar que el agua no es una alternativa secundaria. Sino el punto de partida de una hidratación saludable.
La prevención no comienza cuando aparece un diagnóstico, comienza mucho antes, en la primera colación que preparamos. En lo que ponemos sobre la mesa y en aquello que ofrecemos cuando alguien dice “tengo sed”.
Quizás el desafío más grande que tenemos como sociedad es aceptar una idea simple, pero incómoda: los niños no nacen prefiriendo ciertos hábitos.
Los aprenden. Y si queremos adultos más saludables en el futuro, quizás debemos dejar de preguntarnos solamente qué están consumiendo los niños y empezar a preguntarnos qué les estamos ayudando a elegir.
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