El 31 de agosto terminó el periodo de Gestión de Episodios Críticos en la Región Metropolitana.
Terminan las alertas, preemergencias y emergencias ambientales. También las restricciones vehiculares y las prohibiciones del uso de leña. Que durante el invierno nos recuerdan que Santiago tiene un problema de contaminación.
Se acerca la primavera y la sensación es que la ciudad vuelve a respirar tranquila, pero la contaminación del aire no termina con el invierno.
Durante décadas, la gestión de la calidad del aire en la Región Metropolitana se ha concentrado en el material particulado fino, o MP2,5. Ese foco ha dejado en un segundo plano a otros contaminantes. Son los que también afectan la cuenca de Santiago, como el ozono.
El ozono es diferente, no se emite directamente desde el tubo de escape de un automóvil o desde una chimenea. Se forma en la atmósfera. Ello, a partir de reacciones químicas entre óxidos de nitrógeno y compuestos orgánicos volátiles en presencia de radiación solar.
Las condiciones meteorológicas del invierno favorecen la acumulación de material particulado. Pero los días despejados y calurosos favorecen la formación de ozono. No debemos confundirlo con el ozono estratosférico que nos protege de la radiación UV.
En la Región Metropolitana, por más de dos décadas, se han registrado concentraciones de ozono que superan el límite normativo de 61 ppb establecido para la protección de la salud. Pese a ello, el ozono sigue teniendo una presencia mucho menor que el material particulado en la discusión pública. Es un gas altamente oxidante que puede irritar e inflamar las vías respiratorias y disminuir la función pulmonar.
Se asocia con un aumento de consultas de urgencia y hospitalizaciones. Precisamente por causas respiratorias y a un agravamiento de cuadros asmáticos y alérgicos. Las mayores concentraciones coinciden con las horas de mayor radiación solar, cuando aumentamos la actividad física al aire libre y, con ello, la cantidad de aire y de contaminantes que respiramos.
El ozono no es un contaminante nuevo o desconocido, se monitorea hace años y sus efectos en la salud están bien estudiados, pero nuestra percepción de la contaminación atmosférica sigue estando asociada al invierno y al material particulado.
Durante los meses fríos hemos aprendido a consultar alertas, conocer las restricciones vehiculares e incorporado el MP2,5 a nuestro vocabulario cotidiano. Ese aprendizaje ha sido parte importante de la gestión ambiental de Santiago. Quizás, el siguiente paso sea entender que esa preocupación no debe terminar junto con el calendario de invierno. Esto no significa dejar de priorizar el material particulado sino que ampliar la mirada, comunicar mejor qué ocurre con el aire en los meses cálidos y avanzar en reducir las emisiones que forman ozono.
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