La nueva cara de la extorsión cibernética
Por Cristian Barrueto, BDM Grupo Tecnológico ITQ
Hay algo que está cambiando silenciosamente en el mundo del ransomware. Los atacantes ya no necesariamente necesitan detener una organización para generar presión.
Durante años, asociamos el ransomware con sistemas cifrados y operaciones paralizadas. También por la urgencia de recuperar la información para volver a funcionar.
Hoy, ese modelo está evolucionando.
En muchos casos, el atacante puede obtener información sensible, extraerla y utilizar la amenaza de publicarla. Esto, como mecanismo de extorsión. Sin necesidad de interrumpir la operación de la víctima.
Y aquí aparece un desafío particularmente complejo: una organización puede estar funcionando normalmente y, al mismo tiempo, estar enfrentando una crisis de ciberseguridad.
El problema deja de ser exclusivamente tecnológico. La información comprometida puede involucrar datos de clientes, colaboradores, proveedores, información financiera o estratégica. Por lo tanto, las consecuencias pueden trasladarse rápidamente desde el área de TI hacia la alta dirección, las áreas legales, comunicaciones, cumplimiento y continuidad de negocio.
A esto se suma un elemento que considero especialmente relevante: la presión sobre las personas.
Cuando los atacantes buscan contactar directamente a empleados, clientes o terceros relacionados con la organización, la extorsión deja de ser solamente una amenaza contra los sistemas y comienza a afectar la confianza y la reputación de la empresa.
Este escenario también nos obliga a replantear qué entendemos por prevención. No basta con tener herramientas capaces de bloquear malware o ransomware. Las organizaciones necesitan saber qué está ocurriendo dentro de sus entornos, detectar comportamientos anómalos, identificar tempranamente una posible extracción de información y contar con la capacidad de responder antes de que el incidente escale.
La ciberseguridad, por lo tanto, debe abordarse desde una perspectiva integral. Tecnología, monitoreo, gestión de vulnerabilidades, protección de identidades, segmentación, respaldo, capacitación y protocolos de respuesta deben funcionar como parte de una misma estrategia.
Pero quizás el cambio más importante es cultural. Durante mucho tiempo, la pregunta fue: “¿Cómo evitamos que nos cifren los sistemas?”.
Hoy deberíamos agregar otra pregunta: “¿Cómo evitamos que nuestra información se convierta en el arma que utilizarán contra nosotros?”





